Realmente no te das cuenta de lo hambriento que estás hasta que dejas de caminar. Dejas caer tu mochila, te sientas en un banco de madera, y el olor de la cocina de repente se vuelve imposible de ignorar. Las chaquetas mojadas cuelgan cerca de la estufa, las mochilas se amontonan en la esquina, y la habitación se llena de conversaciones tranquilas. Después de un largo día de senderismo en Austria, quedarse quieto se siente bien.
Caminar aquí no se trata solo de distancia o elevación. Se trata del ritmo del día. Una subida constante, un tramo tranquilo del sendero, luego una comida sencilla que de alguna manera sabe mejor de lo que debería. Una vez que te quitas el peso de los hombros y tus piernas descansan, todo se siente completo. Caminas, comes, descansas. Eso suele ser suficiente para esperar con ganas el día de mañana.